Las discusiones semánticas (e inútiles)

Frente a la ola de masacres que estremece al país, a lo largo y ancho de su atribulada geografía, el gobierno del señor Presidente Duque ha puesto sobre la mesa una discusión semántica, porque en lugar de llamarlas por su nombre, masacres, así sea terrorífico, ha venido a reclamar que estos actos abominables no lo son tanto, pues “sólo” se trata de “homicidios colectivos”, como si denominarlos de otra manera cambiara en algo la magnitud de la tragedia para tantas familias y su entorno social, que hoy lloran con desconsuelo la violencia desmedida en contra de sus hijos, hermanos y amigos.

No señor Presidente, por ahí no es la cosa. Porque en el fondo lo que trata el señor Duque es presentar los hechos como fruto de una violencia permanente, casi automática, que nunca ha desaparecido, según sus palabras.

De la misma forma, atribuirle al problema de los narcocultivos el origen de todas estas muertes, es una manera de simplificar el problema, y de incluso desconocerlo.

Como inerme ciudadano uno se pregunta si se puede atacar un problema ignorándolo, como lo hace el señor Duque, y su ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo. Nos tememos que no.

El problema de la violencia en Colombia, que no es inexorable ni estamos condenados a ella cual si se tratara de una maldición bíblica, es muy complejo, y no admite este tipo de simplificaciones.

Atribuir al narcotráfico todos los problemas de violencia, de muertes, de ejecuciones, tanto por masacres como por muertes selectivas, que incluso son más numerosas que las mismas masacres, pero menos llamativas, contribuirá a que se sigan legitimando estos tenebrosos hechos, e incluso contribuye de manera decisiva a que muchos de sus verdaderos autores queden cubiertos, y con toda certeza, nunca sepamos quienes fueron ni sus autores materiales, ni sus siniestros instigadores.

De esta forma avanzarán sus autores a la impunidad total, que no solo deja una sensación de impotencia y desconcierto en sus víctimas, sino que es el más probable germen de futuras violencias, en una espiral que a veces pareciera no tener fin.

De remate, el ministro de defensa ha visto una gran oportunidad para impulsar la fumigación de cultivos ilícitos, en contra de las evidencias, pues según sus propias cifras es la forma más efectiva de combatirlos. De esta forma se condenará a la miseria a miles de familias de campesinos humildes, cuya única forma de sustento se encuentra justamente en los plantíos de coca, y echando por la borda todos los esfuerzos que se han hecho en la sustitución voluntaria de los cultivos, que verán como única alternativa seguirse internando monte adentro para seguir sembrando, con la consiguiente tala de bosques nativos y el desastre ecológico que le sigue.

Y así una y otra vez. No señores. Ya basta de seguir ejecutando políticas nefastas en contra de los más humildes. Todo diseñado desde confortables oficinas en Bogotá, en donde se ignora la magnitud de la tragedia que viven los campesinos de tantas zonas.

Cuando el Estado se decida a diseñar las políticas públicas de abajo arriba, incluyendo a quienes va a afectar las medidas o la falta de ellas, habrá empezado una nueva era para los campesinos pobres. Entretanto, seguiremos en las mismas.

Agosto 27 de 2020

Comité de Redacción
Paz Digital

 

 

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